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domingo, 3 de junio de 2012
Huang Ti "El emperador Amarillo"
Huang Ti (2697-2597 A.C.) mejor conocido como el emperador amarillo, es un personaje muy importante en la mitología China. Es considerado como uno de los fundadores de la civilización China y uno de los 5 emperadores legendarios.
Se dice que fue concebido durante una noche en donde se lograba ver una luz de color dorado alrededor de la constelación de la osa mayor.
Fue un niño prodigio, pues a los 70 días después de su nacimiento y poseía un don especial: cuando el dormía podía visitar lugares lejano y podía hablar con los inmortales del reino de lo sobrenatural.
A la edad de 11 años, Huang Ti se convirtió en emperador y poco después cayo en un sueño de 3 meses en el que aprendió la lección del poder del dominio del corazón. Tiempo después tubo un segundo sueño, de duración similar a la del primero, en el que aprendió el dominio de la naturaleza dentro de su corazón y lo enseño a sus súbditos.
Durante su gobierno reunió a 6 grandes ministros y junto a ellos creo un calendario, estableció los cálculos matemáticos, enseño a hacer utensilios de madera, barro y metal. También enseño el arte de construir barcos y carruajes, el uso del dinero y a construir instrumentos musicales con bambú.
En el campo de la agricultura, el emperador amarillo planto 100 variedades de granos, verduras y arboles. Favoreció la crianza de pájaros, cuadrúpedos, reptiles e insectos. Enseño el uso del agua , fuego, madera y tierra y regulo los movimientos de las mareas.
antes de su muerte, el fénix y el unicornio aparecieron en su reino como muestra de la perfección de su reino.
viernes, 11 de mayo de 2012
la balada de Hua Mulán
Los insectos celebran con su canto la tarde.
Mulán está tejiendo ante la puerta.
No se escucha girar la lanzadera,
tan sólo los lamentos de la niña.
Preguntan dónde está su corazón.
Preguntan dónde está su pensamiento.
En nada está pensando,
si no es en el rey Kong, su bello amado.
La lista del ejército ocupa doce rollos
y el nombre de su padre figura en todos ellos.
No hay un hijo mayor para el padre,
un hermano mayor que Mulán.
«Yo iré a comprar caballo y una silla,
yo acudiré a luchar por nuestro padre.»
Ha comprado en oriente un caballo de porte,
ha comprado en poniente una silla y cojín,
ha comprado en el sur una brida
ha comprado en el norte un buen látigo.
Al alba se despide de su padre y su madre;
cuando anochece, acampa junto al Río Amarillo.
Ya no escucha la llamada de su padre y su madre,
tan sólo el chapoteo del caballo en el agua.
Al alba abandona el Río Amarillo;
cuando anochece, llega a la Montaña Negra.
Ya no escucha la llamada de su padre y su madre,
tan sólo a los caballos relinchando en el monte.
Cruzó miles de millas en busca de la guerra,
corrió como volando por pasos y montañas,
las ráfagas del cierzo traían son de hierro,
a la luz de la luna brillaban armaduras.
Allí los generales luchando en cien batallas
morían, y después de haber dado diez años
volvían a su casa, valientes, los soldados.
De vuelta, es recibida por el Hijo del Sol,
que se sienta en la Sala de los Resplandores.
Le concede medallas por sus méritos muchos,
le ofrece alas de pato crujientes por millares.
El Khan le ha preguntado qué quiere hacer ahora.
«Mulan no necesita honores oficiales,
domingo, 6 de mayo de 2012
Nuwa
Nüwa (女媧) era una diosa mitad humana, mitad serpiente que podía cambiar de forma a voluntad. Un día tuvo la sensación de que el mundo que habitaba, aunque lleno de cosas bellas y maravillosas, era un lugar solitario. Deseaba tanto poder compartir aquel hermoso mundo con alguien que un día, meditando sobre el tema, mientras se encontraba sentada a la orilla de un río, introdujo su mano en el agua y del lecho sacó un puñado de barro, al que le dio la forma de una pequeña criatura. Apenas Nüwa colocó la figura sobre el suelo, ésta cobró vida y comenzó alegremente a danzar alrededor de la diosa.
Tan contenta se encontraba Nüwa con su creación que decidió poblar la Tierra con aquel hermoso ser. Trabajo todo el día creando aquellos nuevos seres, cerciorándose de dividirlos en hombres y mujeres para que pudieran engendrar futuras generaciones sin su intervención, pero aún así comprendió que poblar la Tierra sería un trabajo que terminaría por dejarla exhausta antes de cumplir con su propósito. De esta manera, tomo una rama, la introdujo en el barro y después lo sacudió con fuerza en el aire. Las gotas que resbalaban de la rama se iban transformando en los pequeños seres a medida que tocaban el suelo. Algunos creen que aquellos nacidos de las manos de Nüwa son los ricos y afortunados, mientras que los nacidos de las gotas de barro conforman el pueblo común. Y así Nüwa pobló la Tierra.
sábado, 21 de abril de 2012
El arte de la caligrafía.
En esta ocasión compartiere con ustedes esta leyenda china.
Xian Zhi era hijo del famoso calígrafo Yi Zhi. Cuando su padre trabajaba en el estudio, el pequeño solía contemplar cómo trazaba los ideogramas en el papel de arroz. Con los pinceles chorreando tinta, el artista plasmaba espíritu y personalidad en los papeles. Poco a poco, el hijo también adquirió el hábito de escribir. A los pocos meses progresó tanto que los amigos y vecinos empezaron a alabarlo sin cesar. El pequeño se sentía engreído creyéndose ya un buen calígrafo.
Cierto día escribió una docena de caracteres y se los mostró a su padre, esperando de él un generoso elogio. Después de examinarlo un momento, el famoso calígrafo, que se había dado cuenta de la vanidad de su hijo, no hizo ningún comentario. Cogió el pincel y agregó un pequeño trazo en un ideograma, convirtiéndolo en otro carácter distinto, y le dijo:
—Enséñaselo a tu madre, a ver qué dice.
El pequeño fue a buscar a su madre en espera de un juicio alentador.
—Mamá, ¡mira lo que he escrito! Se parece al estilo de mi padre, ¡a que sí!
Aunque la señora no era calígrafa, entendía la técnica de ese arte y solía emitir unas opiniones muy acertadas al respecto. Después de mirar durante un instante la obra de su hijo, le dijo:
—Has progresado, pero te falta mucho para conseguir el brío y la perfección de su caligrafía. En este carácter que has escrito, sólo este trazo se parece mucho a su estilo, y lo demás no tiene nada que ver señaló, poniendo el dedo justo en el trazo que acababa de agregar el calígrafo.
Avergonzado, el niño se dirigió a su padre y le preguntó:
—Después de tantos días de práctica, ¿por qué no he podido dominar aún el secreto de tu arte?
—Es muy sencillo, hijo, ¿ves las tinajas que hay en el patio? Cuando empecé a aprender la caligrafía, me dijeron que había que llenar de agua las dieciocho tinajas. Y el día que se agotara el agua haciendo tinta para los ejercicios, sería un buen calígrafo. Lo hice, por eso escribo mejor.
Sin decir una palabra más, el niño entendió perfectamente. Corrió hacia el patio y durante toda la mañana estuvo trabajando para llenar de agua aquellas enormes tinajas. Se puso a practicar día y noche.
Veinte años después, cuando agotó la última gota del agua, llegó a tal dominio de la caligrafía china que fue consagrado como el «Santo de los Pinceles».
Xian Zhi era hijo del famoso calígrafo Yi Zhi. Cuando su padre trabajaba en el estudio, el pequeño solía contemplar cómo trazaba los ideogramas en el papel de arroz. Con los pinceles chorreando tinta, el artista plasmaba espíritu y personalidad en los papeles. Poco a poco, el hijo también adquirió el hábito de escribir. A los pocos meses progresó tanto que los amigos y vecinos empezaron a alabarlo sin cesar. El pequeño se sentía engreído creyéndose ya un buen calígrafo.
Cierto día escribió una docena de caracteres y se los mostró a su padre, esperando de él un generoso elogio. Después de examinarlo un momento, el famoso calígrafo, que se había dado cuenta de la vanidad de su hijo, no hizo ningún comentario. Cogió el pincel y agregó un pequeño trazo en un ideograma, convirtiéndolo en otro carácter distinto, y le dijo:
—Enséñaselo a tu madre, a ver qué dice.
El pequeño fue a buscar a su madre en espera de un juicio alentador.
—Mamá, ¡mira lo que he escrito! Se parece al estilo de mi padre, ¡a que sí!
Aunque la señora no era calígrafa, entendía la técnica de ese arte y solía emitir unas opiniones muy acertadas al respecto. Después de mirar durante un instante la obra de su hijo, le dijo:
—Has progresado, pero te falta mucho para conseguir el brío y la perfección de su caligrafía. En este carácter que has escrito, sólo este trazo se parece mucho a su estilo, y lo demás no tiene nada que ver señaló, poniendo el dedo justo en el trazo que acababa de agregar el calígrafo.
Avergonzado, el niño se dirigió a su padre y le preguntó:
—Después de tantos días de práctica, ¿por qué no he podido dominar aún el secreto de tu arte?
—Es muy sencillo, hijo, ¿ves las tinajas que hay en el patio? Cuando empecé a aprender la caligrafía, me dijeron que había que llenar de agua las dieciocho tinajas. Y el día que se agotara el agua haciendo tinta para los ejercicios, sería un buen calígrafo. Lo hice, por eso escribo mejor.
Sin decir una palabra más, el niño entendió perfectamente. Corrió hacia el patio y durante toda la mañana estuvo trabajando para llenar de agua aquellas enormes tinajas. Se puso a practicar día y noche.
Veinte años después, cuando agotó la última gota del agua, llegó a tal dominio de la caligrafía china que fue consagrado como el «Santo de los Pinceles».
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